
“La cultura de masas se concreta cuando la sociedad de masas de apodera de los objetos
culturales, y su peligro está en que el proceso vital de la sociedad consuma literalmente los objetos culturales, los fagocite, y los destruya.”.
Así de tajante se muestra Hanna Arendt en su obra
La crisis de la cultura y su significado político y social, y en parte, no le falta razón. Tras haber leído un fragmento de esta obra, la autora hace reflexionar al lector acerca del modo en que devoramos la cultura de forma desintencionada en el seno de una sociedad movida por el afán de entretenimiento y consumo.
Para probar esta teoría, solo hace falta pensar un segundo en lo siguiente: ¿Habéis sentido alguna vez formar parte de una masa?
Yo si, y no me avergüenzo de decirlo.
De hecho, pienso que hoy en día, quien no lo haya experimentado, no vive adaptado a los tiempos que corren. Sin embargo, también he de decir que, si de algo me ha servido sertirme ‘masa’ en múltiples ocasiones, ha sido para conducirme a mi misma hacia la autorreflexión y diferenciación de ‘masas’. Así, un individuo no se siente del mismo modo formando parte de una manifestación-una exhibición pública de un grupo activo de personas movidos por una causa común-que en un concierto de un “ídolo de masas”, orientado al disfrute personal.
Utilicemos entonces, este ejemplo para comentar, desde la propia experiencia, estas dos situaciones de reunión masiva de individuos.
Una tarde de sábado lluviosa, tras salir de clase de inglés, mis padres me propusieron un plan, que, en el fondo, llevaba rondando mi cabeza unos cuantos días.
-¿Qué te parece si nos acercamos a la manifestación en contra de la Guerra de Irak?
Yo asentí entusiasmada, era mi primera manifestación.
La Castellana, abarrotada de gente e iluminada por altas farolas se me antojó aún más larga y ancha, más esplendorosa. Poco a poco, y caminando despacio, nos abrimos paso entre la gente, hasta conseguir llegar a la cabecera de la concentración, donde ocupaban su lugar diversas autoridadades así como personajes públicos (actores, cantantes…). En ese preciso instante, sentí que todas esas personas allí congregadas éramos una sola, una sola voz cuyo único objetivo era evitar una guerra innecesaria e injusta. Fue de gran trascendencia social, pero, desgraciadamente como todos sabemos, no ejerció su efecto en el gobierno que ocupaba la Moncloa por aquel entonces.
Así, tras esa tarde, me di cuenta de la fuerza y el poder que nosotros mismos, como conjunto de personas, podemos llegar a reunir en democracia. Por eso, no oculto que ese día fui feliz siendo ‘masa’, una ‘masa’ valiente y comprometida.
Comparemos ahora las sensaciones que podemos experimentar como ‘masa’ en un concierto, que no son cuanto menos gratificantes.
Hace unos tres años, idolatraba, al igual que la mayoría de las quinceañeras, a Dani Martín y a su grupo: El Canto del Loco. De modo que, con toda mi ilusión, compré una entrada para el segundo de los tres días del maratón de conciertos de verano en Las Ventas. Alegre y nerviosa, llegué, acompañada de mi grupo de amigas, a los exteriores de la plaza de toros presidida por una innumerable cantidad de colas. Una vez comenzado el concierto, aunque algo decepcionada por la distancia que me separaba de mi ídolo, canté, grité, me emocioné y disfruté como nunca de sus canciones, en sintonía con mi entorno. Y fue entonces cuando volví a sentirme masa, pero esta vez como una masa que disfrutaba en conjunto de la música y del ambiente de fiesta, aunando nuestras voces con las canciones más populares.
Si bien es cierto, en esas ocasiones,ser ‘masa’ no implica esa trascendencia social, esa necesidad de reunión para conseguir un objetivo, si no, más bien el goce y la satisfacción personal, que al fin y al cabo, constituyen gran parte de la felicidad de las personas y, que al mismo tiempo, nos conducen a ser más comprometidos, valientes, activos e incluso idealistas. Si la felicidad es alcanzada formando parte de una masa, ¿por qué negarla?
Hoy en día, es inevitable no serlo, con lo que, debemos ser responsables y tener conciencia de ello, tratando de no dejarnos llevar por la multitud y preservando nuestras ideas y opiniones personales, pero compartidas o discutibles con nuestra sociedad, con la que interactuamos de forma continua, ya que, nos pese o no, somos un miembro más de ella.